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Palomas en las Niebla


Como la caza extinguió la especie migratoria más numerosa de Norteamérica

Pareja de palomas migratorias pintada por J.J.AudubonPareja de palomas migratorias pintada por J.J.Audubon

Era octubre de 1813 cuando J.J. Audubon, en camino hacia Louisville, en Ohio, avistó la primera bandada de palomas migratorias en al horizonte. Las aves migraban desde el noreste hacia suroeste. Se acercaban a una velocidad impresionante: a los ojos de los observadores la velocidad podía ser de cien kilómetros por hora. Pronto cada ángulo del cielo se llenó de palomas, en un instante pareció como si las tinieblas hubieran caído sobre la tierra. El enloquecido y sin fin batir de alas alrededor de los observadores hacía perder los sentidos y daba una sensación de vértigo. Audubon bajó del caballo para no caer presa de la hipnosis de ese espectáculo. Toma su diario y buscó de inmortalizar aquel momento de exaltación, los millones de aves a su alrededor. Contó las bandadas: ciento sesenta y tres en veinte minutos, una infinitésima parte de aquella masa de palomas que se trasladaban entonces sin remedio desde Ohio hasta desaparecer al horizonte, hacia los grandes bosques del suroeste. Desde una taberna en la desembocadura del Salt River el naturalista se quedó a contemplar todavía innumerables miríadas de palomas en migración. Si un rapaz se acercaba en búsqueda de una presa a las bandadas, las aves compactaban sus rangos hasta formar una “enorme masa única”. Como una corriente vital se echaban hacia el suelo, formaban líneas y olas que se lanzaban al precipicio, tocaban el suelo con una rapidez impresionante, para después regresar en alto casi perpendicularmente, formando una especie de columna de palomas.

Y una vez alcanzada nuevamente la altitud, retomaban el vuelo en círculos y espirales, desenredándose enseguida como un ovillo de lana para proseguir su vuelo como una enorme serpiente al horizonte. Con el aliento sostenido Audubon notó como una nueva bandada sucedía la anterior en lo alto del cielo, y si bien el halcón se hubiera ya alejado, todos repitieron las maniobras espectaculares de la primera bandada en el punto donde había sido atacada por el depredador, como si una memoria única invadiera todas las aves. El sol aún no había desaparecido completamente en el horizonte, cuando el naturalista pintor entró en Louisville. En el cielo aún no se podía reconocer el final de las bandadas. Por tres días migraron ininterrumpidamente. La llegada de las aves parecía reclamar la llegada de los hombres a las llanuras. Todos corrían a tomar sus armas. Las orillas del río Ohio se llenaban de hombres con sus carabinas centellantes: aprovechando de un punto en el cual las aves descendían en vuelo para superar el rio, golpeaban a los peregrinos alados sin ninguna tregua. Jóvenes y adultos, mataron numerosas aves de esta manera. Por una semana o más, toda la gente de la zona non comió nada más que carne de paloma. El aire olía fuertemente a aquel extraño aroma que las palomas de esta especie emanaban.

Audubon trató de hacer una estimación del número de ejemplares en migración, evaluando la duración del flujo migratorio y el tamaño de las bandadas: estimó mil ciento cincuenta millones ciento treinta y cinco mil palomas migratorias. Su rival Wilson sugirió por el contrario que la población ascendía a más de dos mil millones.

El plumaje de las palomas variaba de violeta púrpura a dorado verde. En vuelo según las maniobras de las bandadas, los observadores podían admirar miles de siluetas azules, rojas, grises. De colores e infinitas las bandadas bajaban para alimentarse en los bosques o en los campos. Donde se posaban, sobre todo en los bosques abiertos, con árboles enormes y ralo sotobosque, la vegetación sintió la presencia de las millones de aves concentradas allí para dormir: en uno de estos las ramas más pequeñas se habían caído dejando a los árboles desnudos como después de una fuerte tormenta, muchos árboles jóvenes, cuyo diámetro medía 60 centímetros, habían sido partidos a la mitad no muy lejos del suelo. El terreno del bosque estaba cubierto por algunos centímetros de un tapete de nieve, hecho de excrementos de paloma. Todo dejaba entender que el dormitorio de estas aves había sido de dimensiones gigantescas. Sin embargo sobre los árboles no se veían más que pocos ejemplares. Audubon se dio cuenta pronto de haber llegado al lugar de una masacre que se repetía desde días atrás. Desde algunas semanas las aves usaban aquel bosque para descansar de la migración y los hombres les tendían cada noche una emboscada. Poco antes del anochecer, aún no se veían palomas en el horizonte pero ya llegaban como a una cita cientos de persones con caballo y carruajes, fusiles y municiones. Preparaban sus campos a los márgenes del bosque. Dos campesinos habían caminado por 150 kilómetros con sus trescientos cerdos para hacerles engordar con las tórtolas muertas. Aquí y allá se veían aún personas a apunto de desplumar y salar las palomas asesinadas la noche anterior.

Paloma migratoria en la mesa de L.A. FuertesPaloma migratoria en la mesa de L.A. Fuertes

Mientras más se aproximaba la hora del usual arribo de las palomas, más intranquilos se volvían los hombres. Algunos preparaban ollas llenas de azufre, otros llevaban antorchas, otros con enormes bastones, la mayoría con fusiles. El sol apenas había desaparecido en el horizonte, pero de las palomas no había ninguna traza: cientos de ojos escrutaban el cielo, que iniciaba a obscurecer entre las ramas más altas de los árboles. Después el grito: ahí llegan!. Si bien todavía distantes, el sonido de su llegada se parecía al rugido del mar en los días de tempestad. Después al improviso llegaron llevándose con sé el viento de millones de alas. E inició una vez más la masacre: miles de palomas cayeron asesinadas con bastones. Cuando se encendieron las antorchas el espectáculo que se reveló ante mis ojos era tan increíble como hórrido. Las aves golpeadas se acumulaban en tierra, alrededor de los tronchos, formando grandes montones. Aquí y allá las ramas caían por el peso de las aves posadas, arrastrándose detrás algunas víctimas. Todo a mi alrededor era un tumulto, había furor y demencia. Ni siquiera traté de detener a los que estaban más cerca de mí. No se notaba ni siquiera más el sonido de los fusiles. Me daba cuenta de que alguien había disparado solo cuando veía el cazador recargar su fusil. Ninguno se atrevía a entrar en el bosque: todos mataban desde los márgenes. También los cerdos estaban todavía en los corrales: su intervención era prevista solo para el día después. Sin detenerse otras palomas prosiguieron el vuelo. Solo poco pasada la medianoche me decidí a comprobar hasta dónde se podía percibir el sonido ensordecedor de la masacre. Envié a mi asistente por el bosque, el cual regresó después de dos horas, diciéndome que a 4 kilómetros de distancia se podía aún percibir claramente el estruendo.

El silencio se empadronó de nuevo de los bosques solo hacia el alba. Poco antes que el sol surgiera, las palomas sobrevivientes se levantaron en vuelo, prosiguiendo la migración, mientras el aullido de los coyotes, de los lobos nos recordaba que no éramos los únicos predadores del bosque. Zorros, linces, pumas, osos, mapaches y turones se movían en el sotobosque, en búsqueda de las palomas, mientras azores, águilas y otros rapaces se alternaban sobre los árboles, con intenciones de dividirse las presas con los buitres. En ese punto también los hombres osaron aventurarse en el bosque, entre las palomas muertas, heridas, moribundas, mutiladas. Las aves fueron recolectadas, puestas en montones ordenados, hasta que cada uno se apoderó de cuantas pudiera razonablemente apilar. Luego se dejaron libres los cerdos, para que se nutrieran de aquellas que quedaban en el suelo.

Esta misma masacre se repetía también en los bosques de caducifolias durante la reproducción de las palomas. Las aves construían enormes colonias, una, la más conocida era amplia 11 por 15 millas. Si la carne de las palomas adultas era dura y seca la carne de las jóvenes por el contrario era suave y extremamente grasa. Los pielrojas conocían ya esta grasa que utilizaban como sustituta de la manteca y del lardo, y fueron justamente los nativos de América que fueron los primeros a profetizar la futura extinción de las palomas migratorias. Obviamente ningún Cristiano les quiso creer. Continuaron a matar las palomas con los vapores de azufre, les abatieron con mazos y palas, les capturaron por miles con trampas y redes, les mataron con el plomo y la pólvora de disparo. Abatieron enormes árboles con cientos de nidos y pequeños de pocas semanas. También el progreso dio su contribución a la masacre: con el telégrafo se avisaba donde estaban las colonias más grandes, con el ferrocarril se transportaban fácilmente miles de palomas muertas. Tres mil millones de estas aves debían existir en el este de Norteamérica, aves que migraban desde Nueva Escocia hasta el Golfo de México. En el curso del 1800 Ectopistes migratorius se volvió siempre más rara, sobre todo si se paragona con los millones de los primeros años, cuando todavía las tinieblas caían sobre la tierra al pasar de las enormes bandadas.

En 1857 fue alguien que sugirió poner bajo tutela la especie, pero la instancia fue rechazada porque: “la especie es extremadamente prolífica y posee bosques ilimitados como sitios de reproducción, no hay ninguna forma de persecución que puede ponerla en peligro”. Cuarenta años después era un hecho que la especie estaba condenada a la extinción: se calculó que justo 3 mil millones de individuos habían sido asesinados en el curso del siglo. Talvez se habían preservado aún algunos miles. Se las veía en grupetos dispersos entre Michigan, Wisconsin, Indiana y Nebraska. Todavía eran cazadas, cierto el uso del azufre, de las redes, trampas y mazos no servía más, se las abatía solo con fusiles. Si un tiempo habían sido un espectáculo tan grande como una de las plagas de Egipto, ahora el empeño de destrucción de los hombres había cambiado el rostro de la naturaleza americana. La profecía de los nativos se cumplía. Aquel super organismo que fueron las enormes bandadas había sido reducido a pedazos pequeños. Las aves, impregnadas de su ancestral instinto de grupo, acostumbrados a vivir entre miles de millones de similares, no lograron superar su nueva condición. No estando más en grado de defenderse de sus predadores naturales a través el mecanismo de la bandada, golpeadas de incendios forestales y epidemias, los últimos cientos de palomas renunciaron simplemente a reproducirse y se abandonaron a la extinción. La última paloma migratoria en estado selvático fue asesinada a golpes de fusil el 24 de marzo del 1900 por el hijo de 14 años de un campesino de Ohio. Era una hembra. Otra hembra fue la última paloma viviente que la tierra vió. Se llamaba Martha y era custodiada como un tesoro en una pajarera en el zoológico de Cincinnati. Ningún hombre se conmovió nunca por los millones de aves masacradas cada año, pero muchos sintieron dolor frente a la jaula de aquel último ejemplar. Murió el primero de septiembre del 1914.